{Hace un año, te escribía el primer texto. Uno que nunca me animé a publicar acá, por ser muy evidente. Ojalá algunas cosas siguieran como en ese momento; otras, me atrevo a arriesgar, son un poco mejores. Hoy en día somos una especie de extraños. Extraños con historia. No, sin dudas no es una forma de conformarme, no. Pero estoy feliz. Sé que esta historia no termina acá. En algún momento seguro, alguno de los dos la retomará, o no. Pero me llevo todo lo mejor de vos.}
Amo el modo en el que me mira cuando cree que estoy distraída; la sonrisa que me dedica cuando me ve; su modo de darme un beso al saludarme.
Amo que le cueste disimular lo que le pasa conmigo, amo más que, a veces, ni lo intente. Amo que su coqueteo cada vez se vuelva más directo, más violento, más impredecible. Amo cómo logra dejarme sin palabras.
Amo cómo me mira cuando le hablo, creo que nunca nadie me había mirado así. Amo lo mucho que le molestan las interrupciones cuando estamos juntos.
Amo comportarme como una tonta cuando estoy cerca de él; amo que sepa volverme completamente vulnerable, amo ser consciente de mis risas por sus malos chistes. Amo cómo puede transformar mis días o cómo logra que piense constantemente en él.
Amo que sepa cómo hacerme sentir única, que con sus palabras deje entreveer que piensa siempre en mí. Amo que cualquier excusa sea buena para hacerme saber lo que siente por mí.
Amo su lado más dulce, su instinto protector, ese lado que sólo muestra cuando estamos solos los dos. Amo que me haga saber qué situaciones le generan celos, que ahora los amigos que tenemos en común le parezcan una amenaza. Amo que, cuando nadie nos mira, me hable bien bajito al oído. Sé que sabe que me estremece cuando me habla tan suavemente.
Amo que nunca, en tantos años de conocernos, haya podido sospechar cómo es él en realidad. Amo que tengamos miles de cosas en común; que le importe tanto mi opinión, lo que le digo.
Amo sentirme cómoda con él, que podamos hablar de cualquier cosa, y que me escuche tan atentamente. Amo que siempre tenga algo lindo para decirme, y que sepa hacerme reír cuando algo de mí no le gusta.
Amo que me toque con fragilidad, con una mezcla de timidez y ternura. Amo la sensación de seguridad que me genera estar al lado de él.
Amo que recuerde cosas de mí, que ni siquiera yo recuerdo haberle dicho. [...]
8.10.16 19.45
18.9.17
31.5.17
"Quiero seguir siendo yo cuando, una mañana, al despertar, recuerde que tengo que desayunar en Tiffany´s. No quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar donde yo esté en mi lugar y las cosas estén en el suyo. Todavía no estoy segura de dónde está ese lugar. Pero sé que aspecto tiene. Es como Tiffany´s."
Desayuno en Tifanny's - Truman Capote
30.5.17
-Sin dudas, no es el primer texto que te escribo, pero sí el primero que publico.
¿Lo que yo espero? Que sea el primero de muchos.
A veces sé lo tonta que puedo llegar a ser. Te extraño. Y no me sale decírtelo, no puedo hacerlo. Lo haría... lo haría, sin dudarlo, si tuviera garantías de que sentís lo mismo. Pero la mayor parte del tiempo, lo dudo. Dudo que seas el mismo chico al que no le importó decirme sin anestesia, lo que le pasaba conmigo. Dudo de la mitad de tus palabras, simplemente porque sé -aunque vos, no- que ya me mentiste, y no hay nada que certifique que no lo sigas haciendo.
No suelo ser una chica orgullosa, cuando sé lo que me pasa, pero sé que si no lo soy con vos, puedo llegar hasta perderme. Y no quiero eso. Ni para vos, ni para mí.
(...)
Creo que nunca llegué a contarte mi historia. Esa historia que me mantuvo atrapada cerca de diez años, de la que logro escapar de a ratos, pero que siempre me vuelve a encontrar. Y puedo afirmar que desde que te conozco a vos, no siento la necesidad de volver a caer.
Pero vos me hacés doler. Me duele que desaparezcas. Me duele que creas que no me doy cuenta de las cosas que realmente pasan en tu vida. Me duele que no me incluyas. Me duele que no entiendas que yo no te digo las cosas porque crees que es un capricho, yo no te las digo porque con vos nunca sé nada.
Cuando me comporto como me sale realmente ser con vos, tierna, dulce; sé que tengo que prepararme para que tu respuesta sea ser frío o indiferente. Y cuando yo necesito comportarme así con vos, sé que me esperan los reproches. Y no entiendo.
No entiendo cómo no te das cuenta de las cosas. Que me gusta realmente ese chico que me habla de lo feliz que lo hace jugar al fútbol, de lo mucho que quiere a su mascota, y ni hablar, de lo mucho que le gusta la joda. Creo que eso es lo que más me gusta.
Y aunque no lo creas, yo sí, entiendo la situación, la tuya. Poner todas las cartas en la mesa, y no tener una respuesta certera. Pero te juro que lo intento. Lo intenté meses. Me dolió saber que no me querías ahí, cuando lo necesitaste. Todavía lo recuerdo, y no lo supero.
Siendo completamente sincera, no entiendo cómo esperás que reaccione si un día sos el chico perfecto y al día siguiente sos el que nunca me gustaría conocer.
Siendo completamente sincera, no entiendo cómo esperás que reaccione si un día sos el chico perfecto y al día siguiente sos el que nunca me gustaría conocer.
12.2.17
12.02.2016
Nunca voy a poder acostumbrarme a que aparezcas y desaparezcas de mi vida con total impunidad. Me escribís un whatsapp como si la última vez que hubiésemos hablado fuera, al menos, ese mismo año. Pero sabés que no, y sé que otra nueva relación no funcionó. Detesto conocerte como lo hago. Detesto que pienses que soy la chica a la que podés escribirle un sábado a las tres de la mañana diciéndole que la extrañás. Sé que sabés que no me merezco esos mensajes. No después de todos estos años. Lo ignoro. Insistís. "No sé cómo vivir sin vos". No quiero leerte. No quiero seguir estando, ahí, para vos. No quiero que vuelvas.Escribiendo.
Me apuro. Evito que sigas confesándome lo que no te animaste la última vez que nos vimos, hace unos cuantos meses: "Mañana, si recordás algo de esto, hablamos. No manejes." Seguiste escribiendo un par de mensajes más, y un rato después, eliminé la conversación sin leerlos. No quiero encontrarme en el mismo lugar de incertidumbre en el que me dejás cada vez que volvés, con los sentimientos desacomodados, con los recuerdos invadiendo mis horas, con un desconcierto total.
No quiero volver a sentir que me equivoqué cuando te dejé ir. Porque sé que no; que fue lo mejor para vos, pero fundamentalmente para mí. Sé que ya no nos hacíamos bien.
(...)
No sé cómo después de siete años alejados, todavía seguís generando en mí, algo que no puedo explicar. Pero sé, sé que nuestra relación nunca fue típica. Nunca voy a poder explicar qué son tus mensajes a la madrugada, ni por qué siento que tengo que contestarte. Nunca voy a pedirte que me expliques qué significan, creo que los dos lo sabemos. Siempre lo supimos.
Siempre voy a cuestionar qué es lo que te trae de vuelta. O por qué aparecés en los lugares más inesperados, en los momentos menos oportunos. No sé cómo, pero tenés el talento de aparecer cuando sabés que ya no sos imprescindible en mi vida. Pareciera que tenés un radar que te dice exactamente cuándo ya no pienso en vos.
Me aterra pensar que después de casi diez años de conocerte, todavía, seguimos en el mismo lugar.
30.8.16
11.8.16
Un ex algún día me dijo "me gusta pedir prestados tus libros, porque leer lo que subrayás es conocerte un poco más". Sin dudas fue, la persona que más me conoció. Pocas cosas odio más que tener que presentarme o hablar de mí. Creo que la pestaña "Acerca de mí" lo dice todo. Sé que soy mucho más de lo que me defino cuando escribo.
Sé que no soy compatible con Twitter: nunca podría escribir un pensamiento en 140 caracteres. Necesito el doble de palabras para decir lo mismo; y mi Instagram está lleno de fotos de comida, de mi doggy, de lugares y de amigos -tristemente, pero en ese orden-. Sé que soy malísima conociendo gente, me cuesta horrores retener nombres, datos, tengo una pésima memoria; esa debe ser una de las razones por las que si no escribo las cosas, lo más probable es que las olvide.
Y escribo desde que tengo conciencia. No me recuerdo no escribiendo. Todavía tengo guardados los cuadernos en los que, como diarios, escribía todos los días; mucho antes de aprender a usar una computadora. A veces los vuelvo a leer, y no, no sé qué fue lo que me llevó a hacerlo de tan chica. Pero escribir siempre fue mi refugio, mi cable a tierra, el lugar en donde escondía la madurez que siempre me destacó las diferencias con las personas de mi edad.
También me encanta leer. Sumergirme en otras historias. A veces incluso, leo más de dos libros a la vez aunque a veces los confunda, aunque a veces me arrepienta. Nada me gusta más que perderme en la esencia de los personajes, en la magia de cada momento, en esos sentimientos que no están escritos pero se leen entre líneas.
No soy amante de las películas. Pero si tengo que elegir, y aunque sea un cliché, prefiero las de época y también -aunque odie admitirlo- las típicas comedias románticas de finales felices. Amo las películas ambientadas en siglos pasados, en especial las historias de amor como las de Jane Austen -pocas novelas leí tantas veces como las de ella-, no puede no llamarme la atención la vestimenta, los lugares, los diálogos, los amores fortuitos. Cada vez que leo algo de ella, más convencida estoy de que nací en el siglo equivocado.
Amo cocinar, aunque soy malísima siguiendo recetas. No porque no pueda, sino porque hay ingredientes a los que odio cuando se usan en exceso, y suelo terminar improvisando y cambiando proporciones. Me encanta cocinar postres, aunque pocas veces los coma. Prefiero las cosas saladas, menos en los pochoclos, ¡no puedo ni concebirlos salados!
En cuanto a música, puedo saltar desde pop hasta música clásica (especialmente si hay piano de por medio), y desde rock nacional hasta country. Me encanta escuchar música, pero tampoco soy dependiente de ella, no podría salir de casa con los auriculares puestos, amo el ruido de la ciudad, para mí es tan necesario como el oxígeno, creo que eso debe ser consecuencia de ser orgullosamente porteña.
Me cuestan mucho los cambios. Me pone de mal humor cuando algo no sale como lo había planeado. Soy de las que tiene que ser consciente hasta del más mínimo detalle. Puedo y suelo ser muy obsesiva. Analizo pros y contras de todo, así de calculadora soy.
También soy una chica que se desprende con facilidad de las cosas, de las personas que la lastiman. Creo que si bien es algo inherente a la sociedad de este siglo, no soy de las que lucha una causa perdida cuando no vale la pena. Pero también puedo atarme con vehemencia a aquellas que logran, con sonrisas, soportar mi mal humor, mi carácter insoportable, mis caprichos de nena malcriada. Puedo ser feliz con música, libros, charlas café de por medio con gente interesante, plantas -en especial flores-, pinturas, días soleados o lluviosos.
(...)
Creo que mi vida cambió el día que decidí que no me molestaba dejar de escribir. Supe que estudiar arquitectura en vez de letras, iba a cambiar absolutamente toda mi existencia, toda la perspectiva que yo tenía de mi vida. Los primeros tres años fueron un caos total, no puedo llevar ni la cuenta de la cantidad de veces que, llorando, me reproché haber tomado esa decisión. A veces todavía lo hago. Pero creo que cada vez que tengo el tiempo para sentarme y escribir, con música clásica de fondo y un té de jazmín, sigo sintiendo lo mismo que sentía cuando escribí mi primer cuento a los once o doce. Escribir va a ser siempre mi esencia. Siempre me voy a poder encontrar entre palabras, oraciones sin sentido, textos dedicados o poesías que guardo con recelo. Sé que nunca voy a poder ser más yo que cuando escribo.
Sé que no soy compatible con Twitter: nunca podría escribir un pensamiento en 140 caracteres. Necesito el doble de palabras para decir lo mismo; y mi Instagram está lleno de fotos de comida, de mi doggy, de lugares y de amigos -tristemente, pero en ese orden-. Sé que soy malísima conociendo gente, me cuesta horrores retener nombres, datos, tengo una pésima memoria; esa debe ser una de las razones por las que si no escribo las cosas, lo más probable es que las olvide.
Y escribo desde que tengo conciencia. No me recuerdo no escribiendo. Todavía tengo guardados los cuadernos en los que, como diarios, escribía todos los días; mucho antes de aprender a usar una computadora. A veces los vuelvo a leer, y no, no sé qué fue lo que me llevó a hacerlo de tan chica. Pero escribir siempre fue mi refugio, mi cable a tierra, el lugar en donde escondía la madurez que siempre me destacó las diferencias con las personas de mi edad.
También me encanta leer. Sumergirme en otras historias. A veces incluso, leo más de dos libros a la vez aunque a veces los confunda, aunque a veces me arrepienta. Nada me gusta más que perderme en la esencia de los personajes, en la magia de cada momento, en esos sentimientos que no están escritos pero se leen entre líneas.
No soy amante de las películas. Pero si tengo que elegir, y aunque sea un cliché, prefiero las de época y también -aunque odie admitirlo- las típicas comedias románticas de finales felices. Amo las películas ambientadas en siglos pasados, en especial las historias de amor como las de Jane Austen -pocas novelas leí tantas veces como las de ella-, no puede no llamarme la atención la vestimenta, los lugares, los diálogos, los amores fortuitos. Cada vez que leo algo de ella, más convencida estoy de que nací en el siglo equivocado.
Amo cocinar, aunque soy malísima siguiendo recetas. No porque no pueda, sino porque hay ingredientes a los que odio cuando se usan en exceso, y suelo terminar improvisando y cambiando proporciones. Me encanta cocinar postres, aunque pocas veces los coma. Prefiero las cosas saladas, menos en los pochoclos, ¡no puedo ni concebirlos salados!
En cuanto a música, puedo saltar desde pop hasta música clásica (especialmente si hay piano de por medio), y desde rock nacional hasta country. Me encanta escuchar música, pero tampoco soy dependiente de ella, no podría salir de casa con los auriculares puestos, amo el ruido de la ciudad, para mí es tan necesario como el oxígeno, creo que eso debe ser consecuencia de ser orgullosamente porteña.
Me cuestan mucho los cambios. Me pone de mal humor cuando algo no sale como lo había planeado. Soy de las que tiene que ser consciente hasta del más mínimo detalle. Puedo y suelo ser muy obsesiva. Analizo pros y contras de todo, así de calculadora soy.
También soy una chica que se desprende con facilidad de las cosas, de las personas que la lastiman. Creo que si bien es algo inherente a la sociedad de este siglo, no soy de las que lucha una causa perdida cuando no vale la pena. Pero también puedo atarme con vehemencia a aquellas que logran, con sonrisas, soportar mi mal humor, mi carácter insoportable, mis caprichos de nena malcriada. Puedo ser feliz con música, libros, charlas café de por medio con gente interesante, plantas -en especial flores-, pinturas, días soleados o lluviosos.
(...)
Creo que mi vida cambió el día que decidí que no me molestaba dejar de escribir. Supe que estudiar arquitectura en vez de letras, iba a cambiar absolutamente toda mi existencia, toda la perspectiva que yo tenía de mi vida. Los primeros tres años fueron un caos total, no puedo llevar ni la cuenta de la cantidad de veces que, llorando, me reproché haber tomado esa decisión. A veces todavía lo hago. Pero creo que cada vez que tengo el tiempo para sentarme y escribir, con música clásica de fondo y un té de jazmín, sigo sintiendo lo mismo que sentía cuando escribí mi primer cuento a los once o doce. Escribir va a ser siempre mi esencia. Siempre me voy a poder encontrar entre palabras, oraciones sin sentido, textos dedicados o poesías que guardo con recelo. Sé que nunca voy a poder ser más yo que cuando escribo.
8.11.15
10.8.16
27.6.16
[Y tuve la fortuna de que la vida nos cruzó en otro momento, y
tengo la certeza de que no hubo momento incorrecto.]
Sí, te amé durante muchos años antes, de que te animaras a arriesgarte, antes de que me amaras más de lo que podía permitirte. Te amé durante muchos años y los callé tan bien que el primer "te amo", el tuyo, me dejó desconcertada. No sé lo que había hecho o dicho en días para lograr lo que no pude en años de amistad.
Y ya pasaron tantos, tantos años de eso, los suficientes como para seguirte confirmando que no va a haber nadie al que quiera ni lo poquito que te quería a vos cuando te odiaba. Sé que lo sabés bien, y sé que sabés que ya no nos quedan momentos perfectos, desperdiciamos todos los que tuvimos, uno tras otro. Y ya no quiero ser perseguida por la misma vieja historia de amor. Que me busca, que me encuentra, que me ilusiona, que me lastima, que acaba. Y que vuelve a empezar. Estoy harta de que siempre seas vos.
PD. Sé que esperabas una respuesta más 'yo' y menos 'vos'. Tal vez te duela como me duelen tus apariciones repentinas. Y lo sé, quedate tranquilo, sé que nadie me va a amar más de lo que lo hiciste vos.
5.5.16
Tengo la costumbre de subrayar todos los libros que leo. Costumbre que adquirí con los años -mis primeros libros están intactos, como nuevos- y tal vez, también, con la compra de libros viejos
-cuyos lectores anteriores y sus notas me enseñaban nuevas perspectivas-. Hoy siento que si los abro y no están marcados es como ni nunca los hubiera leído.
21.3.16
Y cuando por fin, fui consciente de que todos los martes de este año ya no podría verte -como lo venía haciendo este último año y medio-, me vi obligada a admitir que lo que siento por vos; va más allá de tener que luchar para evitar quedarme inmóvil en el lugar y sentir cómo se desacelera mi ritmo cardíaco cuando te veo, o de sorprenderme -sin lograr contener la emoción- cuando te cruzás en mi camino, o de alegrarme cuando me mirás y no podés dejar de sonreír.
A veces, simplemente espero que los días pasen rápido para volver a ver esa sonrisa. Y sí, creo que me estoy enamorando de vos.
A veces, simplemente espero que los días pasen rápido para volver a ver esa sonrisa. Y sí, creo que me estoy enamorando de vos.
2.1.16
No soy buena para las despedidas, nunca lo fui. La tuya fue mucho más repentina de lo que hubiésemos querido. Es la primera gran pérdida que tengo que afrontar desde que nací. Y nada te prepara para estos momentos. Nada puede consolarme.
Levantarme la mañana del 25 con esa noticia... hubiese dado el mundo por una semana más, por despedir el año con vos.
Me cuesta escribirte. Me cuesta saber que ya no voy a verte reír; que ya no vas a ocupar la cabecera de la mesa; que ya nadie va a decirme después de cenar "comiste muy poquito, comé más que estás muy flaca" y que quisieras convencerme de servirme más cosas en el plato y que no pueda encontrar la manera de decirte que realmente no podía más hasta que mamá te retaba. O la insistencia con la que querías que coma karē cada vez que Oba preparaba y sabías que a mí no me gustaba.
Me acuerdo de la última vez que te vi, una semana y unos días antes. Dos semanas atrás habías cumplido años, pero todavía te debíamos el regalo, así que ese sábado, aprovechamos a comprártelo y llevártelo. Lejos de ser una sorpresa, vos sabías ya qué esperar. Y sí, era un par de zapatillas para hacer deporte, nunca podíamos confundirnos con ese regalo. Siempre fue fácil elegir algo para vos. Creo que no llegaste a estrenarlas para jugar al croquet como todos los fines de semana. (...)
(...) Agradezco que no haya tenido ganas de preparar los finales, y haber ido a visitarte, por última vez, verte probándote las zapatillas y comentar lo cómodas que serían para jugar. Era la hora de la merienda y vos estabas terminando de trabajar y te sentaste a tomar algo con nosotros. Me acuerdo que nos trajiste algo salado, que mamá se enojó porque vos no podías comer cosas con tanta sal. Me preguntaste por la facu, no recuerdo ni qué te dije. Pero siempre me felicitabas cuando veías las cosas que hacía aunque no entendieras ni qué se trataban. Siempre te interesaba ver lo que hacía. Me acuerdo también, que me contaste, contento, que la vecina le había puesto tu nombre a su perrito. Espero que hayas visto la enorme cantidad de gente que fue a despedirte...
Quiero contener las lágrimas. No quiero llorar. No otra vez. Pero a esta altura no puedo evitarlo. Recordar tantas cosas con vos... ese día, el del regalo, recordábamos en casa, que una semana atrás había sido el festejo del segundo cumpleaños de tu único bisnieto, y cuando un invitado al que no conocías, que se tenía que ir, te estaba saludando y vos respondiste con un 'hola', todos estallamos de la risa. Esos despistes espontáneos... siempre supiste contagiar tu alegría.
Y aunque nosotros nunca tuvimos una relación basada en el diálogo, sobre todo porque vos prácticamente hablabas en japonés y yo entendía poco y nada, siempre terminábamos por entendernos, mezclando un poco de los dos idiomas. Seguramente, visto desde afuera, era divertido vernos hablar.
Siempre voy a admirar de vos y de mi abuela, el hecho de que hayan dejado su tierra y a gran parte de su familia, con dos hijos de menos de cinco años, con destino a un país que queda del otro lado del mundo y hayan construido de cero todo lo que hoy tienen. Creo que nunca te agradecí eso.
Y no hay momento del día en el que no piense en vos, y se me empañen los ojos o se me escape una sonrisa. Espero que donde estés, no tengas que esperar a los findes para jugar al gateball o tomar unas medidas de whisky. Te voy a extrañar mucho, Ojii.
Ya lo estoy haciendo.-
Levantarme la mañana del 25 con esa noticia... hubiese dado el mundo por una semana más, por despedir el año con vos.
Me cuesta escribirte. Me cuesta saber que ya no voy a verte reír; que ya no vas a ocupar la cabecera de la mesa; que ya nadie va a decirme después de cenar "comiste muy poquito, comé más que estás muy flaca" y que quisieras convencerme de servirme más cosas en el plato y que no pueda encontrar la manera de decirte que realmente no podía más hasta que mamá te retaba. O la insistencia con la que querías que coma karē cada vez que Oba preparaba y sabías que a mí no me gustaba.
Me acuerdo de la última vez que te vi, una semana y unos días antes. Dos semanas atrás habías cumplido años, pero todavía te debíamos el regalo, así que ese sábado, aprovechamos a comprártelo y llevártelo. Lejos de ser una sorpresa, vos sabías ya qué esperar. Y sí, era un par de zapatillas para hacer deporte, nunca podíamos confundirnos con ese regalo. Siempre fue fácil elegir algo para vos. Creo que no llegaste a estrenarlas para jugar al croquet como todos los fines de semana. (...)
(...) Agradezco que no haya tenido ganas de preparar los finales, y haber ido a visitarte, por última vez, verte probándote las zapatillas y comentar lo cómodas que serían para jugar. Era la hora de la merienda y vos estabas terminando de trabajar y te sentaste a tomar algo con nosotros. Me acuerdo que nos trajiste algo salado, que mamá se enojó porque vos no podías comer cosas con tanta sal. Me preguntaste por la facu, no recuerdo ni qué te dije. Pero siempre me felicitabas cuando veías las cosas que hacía aunque no entendieras ni qué se trataban. Siempre te interesaba ver lo que hacía. Me acuerdo también, que me contaste, contento, que la vecina le había puesto tu nombre a su perrito. Espero que hayas visto la enorme cantidad de gente que fue a despedirte...
Quiero contener las lágrimas. No quiero llorar. No otra vez. Pero a esta altura no puedo evitarlo. Recordar tantas cosas con vos... ese día, el del regalo, recordábamos en casa, que una semana atrás había sido el festejo del segundo cumpleaños de tu único bisnieto, y cuando un invitado al que no conocías, que se tenía que ir, te estaba saludando y vos respondiste con un 'hola', todos estallamos de la risa. Esos despistes espontáneos... siempre supiste contagiar tu alegría.
Y aunque nosotros nunca tuvimos una relación basada en el diálogo, sobre todo porque vos prácticamente hablabas en japonés y yo entendía poco y nada, siempre terminábamos por entendernos, mezclando un poco de los dos idiomas. Seguramente, visto desde afuera, era divertido vernos hablar.
Siempre voy a admirar de vos y de mi abuela, el hecho de que hayan dejado su tierra y a gran parte de su familia, con dos hijos de menos de cinco años, con destino a un país que queda del otro lado del mundo y hayan construido de cero todo lo que hoy tienen. Creo que nunca te agradecí eso.
Ya lo estoy haciendo.-