2.1.16

No soy buena para las despedidas, nunca lo fui. La tuya fue mucho más repentina de lo que hubiésemos querido. Es la primera gran pérdida que tengo que afrontar desde que nací. Y nada te prepara para estos momentos. Nada puede consolarme.

Levantarme la mañana del 25 con esa noticia... hubiese dado el mundo por una semana más, por despedir el año con vos. 

Me cuesta escribirte. Me cuesta saber que ya no voy a verte reír; que ya no vas a ocupar la cabecera de la mesa; que ya nadie va a decirme después de cenar "comiste muy poquito, comé más que estás muy flaca" y que quisieras convencerme de servirme más cosas en el plato y que no  pueda encontrar la manera de decirte que realmente no podía más hasta que mamá te retaba. O la insistencia con la que querías que coma karē cada vez que Oba preparaba y sabías que a mí no me gustaba.

Me acuerdo de la última vez que te vi, una semana y unos días antes. Dos semanas atrás habías cumplido años, pero todavía te debíamos el regalo, así que ese sábado, aprovechamos a comprártelo y llevártelo. Lejos de ser una sorpresa, vos sabías ya qué esperar. Y sí, era un par de zapatillas para hacer deporte, nunca podíamos confundirnos con ese regalo. Siempre fue fácil elegir algo para vos. Creo que no llegaste a estrenarlas para jugar al croquet como todos los fines de semana. (...)

(...) Agradezco que no haya tenido ganas de preparar los finales, y haber ido a visitarte, por última vez, verte probándote las zapatillas y comentar lo cómodas que serían para jugar. Era la hora de la merienda y vos estabas terminando de trabajar y te sentaste a tomar algo con nosotros. Me acuerdo que nos trajiste algo salado, que mamá se enojó porque vos no podías comer cosas con tanta sal. Me preguntaste por la facu, no recuerdo ni qué te dije. Pero siempre me felicitabas cuando veías las cosas que hacía aunque no entendieras ni qué se trataban. Siempre te interesaba ver lo que hacía. Me acuerdo también, que me contaste, contento, que la vecina le había puesto tu nombre a su perrito. Espero que hayas visto la enorme cantidad de gente que fue a despedirte... 

Quiero contener las lágrimas. No quiero llorar. No otra vez. Pero a esta altura no puedo evitarlo. Recordar tantas cosas con vos... ese día, el del regalo, recordábamos en casa, que una semana atrás había sido el festejo del segundo cumpleaños de tu único bisnieto, y cuando un invitado al que no conocías, que se tenía que ir, te estaba saludando y vos respondiste con un 'hola', todos estallamos de la risa. Esos despistes espontáneos... siempre supiste contagiar tu alegría. 

Y aunque nosotros nunca tuvimos una relación basada en el diálogo, sobre todo porque vos prácticamente hablabas en japonés y yo entendía poco y nada, siempre terminábamos por entendernos, mezclando un poco de los dos idiomas. Seguramente, visto desde afuera, era divertido vernos hablar. 

Siempre voy a admirar de vos y de mi abuela, el hecho de que hayan dejado su tierra y a gran parte de su familia, con dos hijos de menos de cinco años, con destino a un país que queda del otro lado del mundo y hayan construido de cero todo lo que hoy tienen. Creo que nunca te agradecí eso.

Y no hay momento del día en el que no piense en vos, y se me empañen los ojos o se me escape una sonrisa. Espero que donde estés, no tengas que esperar a los findes para jugar al gateball o tomar unas medidas de whisky. Te voy a extrañar mucho, Ojii. 

Ya lo estoy haciendo.-