Sé que no soy compatible con Twitter: nunca podría escribir un pensamiento en 140 caracteres. Necesito el doble de palabras para decir lo mismo; y mi Instagram está lleno de fotos de comida, de mi doggy, de lugares y de amigos -tristemente, pero en ese orden-. Sé que soy malísima conociendo gente, me cuesta horrores retener nombres, datos, tengo una pésima memoria; esa debe ser una de las razones por las que si no escribo las cosas, lo más probable es que las olvide.
Y escribo desde que tengo conciencia. No me recuerdo no escribiendo. Todavía tengo guardados los cuadernos en los que, como diarios, escribía todos los días; mucho antes de aprender a usar una computadora. A veces los vuelvo a leer, y no, no sé qué fue lo que me llevó a hacerlo de tan chica. Pero escribir siempre fue mi refugio, mi cable a tierra, el lugar en donde escondía la madurez que siempre me destacó las diferencias con las personas de mi edad.
También me encanta leer. Sumergirme en otras historias. A veces incluso, leo más de dos libros a la vez aunque a veces los confunda, aunque a veces me arrepienta. Nada me gusta más que perderme en la esencia de los personajes, en la magia de cada momento, en esos sentimientos que no están escritos pero se leen entre líneas.
No soy amante de las películas. Pero si tengo que elegir, y aunque sea un cliché, prefiero las de época y también -aunque odie admitirlo- las típicas comedias románticas de finales felices. Amo las películas ambientadas en siglos pasados, en especial las historias de amor como las de Jane Austen -pocas novelas leí tantas veces como las de ella-, no puede no llamarme la atención la vestimenta, los lugares, los diálogos, los amores fortuitos. Cada vez que leo algo de ella, más convencida estoy de que nací en el siglo equivocado.
Amo cocinar, aunque soy malísima siguiendo recetas. No porque no pueda, sino porque hay ingredientes a los que odio cuando se usan en exceso, y suelo terminar improvisando y cambiando proporciones. Me encanta cocinar postres, aunque pocas veces los coma. Prefiero las cosas saladas, menos en los pochoclos, ¡no puedo ni concebirlos salados!
En cuanto a música, puedo saltar desde pop hasta música clásica (especialmente si hay piano de por medio), y desde rock nacional hasta country. Me encanta escuchar música, pero tampoco soy dependiente de ella, no podría salir de casa con los auriculares puestos, amo el ruido de la ciudad, para mí es tan necesario como el oxígeno, creo que eso debe ser consecuencia de ser orgullosamente porteña.
Me cuestan mucho los cambios. Me pone de mal humor cuando algo no sale como lo había planeado. Soy de las que tiene que ser consciente hasta del más mínimo detalle. Puedo y suelo ser muy obsesiva. Analizo pros y contras de todo, así de calculadora soy.
También soy una chica que se desprende con facilidad de las cosas, de las personas que la lastiman. Creo que si bien es algo inherente a la sociedad de este siglo, no soy de las que lucha una causa perdida cuando no vale la pena. Pero también puedo atarme con vehemencia a aquellas que logran, con sonrisas, soportar mi mal humor, mi carácter insoportable, mis caprichos de nena malcriada. Puedo ser feliz con música, libros, charlas café de por medio con gente interesante, plantas -en especial flores-, pinturas, días soleados o lluviosos.
(...)
Creo que mi vida cambió el día que decidí que no me molestaba dejar de escribir. Supe que estudiar arquitectura en vez de letras, iba a cambiar absolutamente toda mi existencia, toda la perspectiva que yo tenía de mi vida. Los primeros tres años fueron un caos total, no puedo llevar ni la cuenta de la cantidad de veces que, llorando, me reproché haber tomado esa decisión. A veces todavía lo hago. Pero creo que cada vez que tengo el tiempo para sentarme y escribir, con música clásica de fondo y un té de jazmín, sigo sintiendo lo mismo que sentía cuando escribí mi primer cuento a los once o doce. Escribir va a ser siempre mi esencia. Siempre me voy a poder encontrar entre palabras, oraciones sin sentido, textos dedicados o poesías que guardo con recelo. Sé que nunca voy a poder ser más yo que cuando escribo.
8.11.15